Creo que la noche del viernes pasado fue la más rara que pasé en mucho tiempo. Si esperaban que Esther quisiera enchufarle otra novia a Pablo en mis narices y yo revoleara una servilleta estaban equivocados. Todo empezó con un llamado.
Mariana
¿Hola?
–
Buenas tardes, ¿con la señorita Mariana?
Mariana
¿Sí, quién habla?
Nancy
Le habla Nancy, la asistente de la señora Sara.
Busqué en mi memoria un microsegundo. Nancy es la empleada de la tía Sara y hace absolutamente todo: es mucama, cocinera, cadeta, secretaria, portera y enfermera. A cambio, la tía Sara (que es muy generosa) le paga un sueldo del doble de lo usual y les paga el colegio a las hijas.
Mariana
Hola, Nancy, ¿cómo le va?
Nancy
Bien, gracias. Yo llamaba para avisarle que la tía Sara la espera el viernes a las nueve en punto de la noche en su casa. ¿Tiene la dirección?
Mariana
Sí, Nancy, muchas gracias. ¿Está la señora Sara?
Nancy
Sí, está, pero no puede hablar en este momento. Bueno señorita, será hasta el viernes. Saludos.
Y cortó.
Me quedé extrañadísima de que la invitación no me haya llegado a través de Pablo. Lo llamé a preguntarle y acababa de recibir un llamado idéntico al mío. Así que el viernes llegamos a lo de la tía Sara, puntuales y por separado. Nos encontramos en la puerta y subimos juntos. Para mi sorpresa no me encontré con toda la parentela sentada en los sillones comiendo copetín y burlándose unos de otros solapadamente. Sólamente estaban la tía Sara, Esther y Elina sentadas a la mesa.
Sara
Hola chiquitos, qué bueno que llegaron. Siéntense. Vos acá, y vos acá.
Nos miramos extrañados y nos sentamos. Estábamos Esther y yo cada una en cada cabecera (rarísimo, siempre se sienta sólo la tía Sara en una cabecera y la otra libre), Elina y Pablo en un costado y la tía Sara en el otro.
Sara
Bueno, dado que a partir del tres de octubre vamos a ser familia, hasta que Esther y Mariana no arreglen sus problemas no empezamos a comer y mucho menos nos levantamos de la mesa.
Miré a Pablo como interrogándolo que se encogió de hombros explicándome que él tampoco sabía nada.
Esther
Sarita, no es necesario. Mariana y yo no tenemos nada que resolver.
Yo, que con mi nueva personalidad de nomeaguantonada en cualquier otro momento me hubiera ido y mandado a la mierda a todos, me dije que era una buena oportunidad de arreglar las cosas en serio o al menos emparcharlas un poquito hasta el casamiento.
Mariana
A mi me parece genial. ¿Por dónde empezamos?
Sara
Bueno, hagamos una cosa. Una de ustedes dice algo que le molesta de la otra. La otra responde de buen modo. Llegamos a un acuerdo y cambiamos el turno.
Elina
¿Nosotros podemos opinar tía?
Esther
¡Obvio, mi amorcito! ¿Para qué están si no?
Sara
Las reglas las pongo yo, Esther. Pueden intervenir sólo si no llegamos a ningún acuerdo. Yo les doy la palabra. Bueno, empecemos por Esther. ¿Qué te molesta más de Mariana?
Esther
¡Que me quiere poner al nene en contra! Todo el tiempo le habla mal de mi. Yo estoy segura de que es así. El único motivo por el que se casa es para ser ella la mujer más importante en la vida de él. Es bicha, no le gusta que él tenga relación conmigo.
Mariana
¿A mi me toca contestar, no? Bueno, mirá, a mi no me interesa poner a Pablo en contra tuyo porque no quiero competir con vos. Vos sos la madre y yo la mujer. No me interesa ponerme en el lugar de madre y me daría mucho asco que te pongas en el lugar de esposa. Hay lugar para las dos. A mi lo que me molesta no es que Pablo te de bola, me molesta que te pongas en el lugar de víctima para que te de más bola de la necesaria. Porque sabés que él siempre cae.
Pablo
(irritado)
¿Qué? ¿Que yo siempre caigo en qué? ¿Me estás tratando de boludo?
Sara
Callate Pablo. No es tu turno.
Esther
¡Pero qué víctima ni ocho cuartos, pendeja insolente! ¿¿Qué te creés que yo necesito inventar cosas para que mi hijo me de bola?? ¡Pablito mantiene una relación conmigo porque soy su madre, y vos no sos nada!
Sara
¡¡Esther!! ¡¡Sin insultos por favor!!
Mariana
Eso, sin insultos. Y además sí soy algo, soy la futura esposa.
Elina
Bueno, yo no digo que estuvo bien pero pendeja no es un insulto tampoco.
Sara
No es tu turno, Elina. Cuando sea yo te voy a dar la palabra.
Pablo
Eso, no es tu turno. ¡Siempre metida!
Sara & Mariana
¡El tuyo tampoco!
Pablo
Ay, bueno, perdón.
Sara
Esther, tenés que pedirle perdón a Mariana.
Esther
¿Qué, por decir lo que pienso?
Sara
No, por decirle “pendeja”. Sos una maleducada. Una mujer grande, habrase visto.
Esther
Perdón por decirte pendeja. Por lo otro no.
Mariana
Acepto tu perdón.
Sara
Bueno, vamos por partes. Mariana, Esther piensa que ella no se pone en víctima, y te dijo que vos no sos nada. Ahí tenemos dos asuntos para tratar. Por un lado, Esther, Marianita se va a casar con Pablo, así que sí es algo. Vas a tener que entender eso. Y por otro lado, Mariana, Esther dice que no se hace la víctima. ¿Por qué decís eso vos?
Mariana
Por ejemplo, una vez se hizo la que tenía gripe A porque sabía que Pablo estaba en mi casa. Otra vez, cuando fuimos a ver un departamento (porque Pablo siempre la mete en todo), estuvo tan desubicada que la eché y, es verdad, le grité un poco; pero enseguida le fue con el cuento a Pablo y hasta le dijo que yo la había zamarreado.
Esther
Nene, ¿tenías que ir corriendo a contarle, no?
Pablo
¡Ay, Mamá, me dijiste que te había sacudido! ¿Cómo no le voy a decir nada?
Elina
Sí, mamá, yo soy testigo. ¡Vos le dijiste que le diga algo!
Sara
¡Respeten los turnos! Y vos, Mariana, estás mezclando. Es el turno de contestar las preguntas que te hice, no de decir nuevas cosas que molestan.
Mariana
(bajando la vista)
Perdón.
Sara
Bueno, lo de la gripe, tenemos que partir de la base de que nadie miente. Si no no sirve. Así que, en teoría, nadie miente. ¿Qué fue lo que más te enojó?
Mariana
¡Que no tenía ni fiebre ni nada! ¡Lo hizo sólo por joder!
Sara
Bueno, ¿no se te ocurrió que podía sentirse mal en serio? Tal vez se asustó. Además, dijimos que nadie miente.
Elina
(susurrando)
Vos dijiste.
Sara
(levantando las cejas)
¿Qué?
Elina
Nada, nada.
Sara
Ah, bueno. Bueno, decía: si partimos de que todo es verdad, lo de la gripe también era verdad. Entonces, lo que habría que trabajar sería la dependencia que tiene Esther con Pablo. Creo que lo mejor va a ser que ahora, antes de llamarlo, te preguntes si es realmente necesario.
Esther
(alzando las manos)
¡Pero Sara, por favor! ¡Estaba enferma! ¡Eenn-ferrr-maa! ¿Cómo no lo voy a llamar?
Sara
Pablo, ¿a vos te parece que tu mamá te llama demasiado?
Pablo
Bueno…¿cuánto es demasiado? ¿Cuántas veces? Es difícil trazar una línea, ¿no? Tampoco es todos los días lo mismo y…
Elina
¡Ayyyy, Pablo! Perdón, tía, ¿me das la palabra?
Sara
Dale.
Elina
Te vivís quejando de que mamá te llama demasiado. Tía, lo llama veinte mil veces por día. Hasta lo llama a preguntarle qué comió. Y a la oficina encima.
Esther
Bueno, si el problema es ese te llamo al celular. ¿Está tan mal que una madre se preocupe por su hijo?
Pablo
No, mamá, no es que esté mal. Es que a veces es un poco…no sé…
Mariana
Agotador.
Esther
Mariana, no es tu turno.
Elina
¡Sí, mamá es agotador! ¡Mirame a mi, que me fui de vacaciones y me casé con el primero que se me cruzó! ¡Basta, tía! ¡No me digas nada del turno!
Esther
¿¿Agotadora?? ¿¿Ahora soy agotadora?? Vos lo que sos es malagradecida, querida. Y pensar que la vez que te di un bife tu padre me hizo un escándalo. ¡Veinte bifes te debería haber dado!
Todos empezamos a gritar y a hablar unos sobre otros hasta que la tía Sara nos calló.
Sara
(pegándole a la mesa con el bastón)
¡¡SILENCIO, CARAJO!! ¡RESPETEN LOS TURNOS! ¡Estoy harta de decirlo!
Se hizo silencio inmediatamente.